martes, 11 de agosto de 2009

EL AMOR DE DIOS




OBJETIVO:
“Llevar a una experiencia personal y viva, del amor de Dios a cada una de las personas, mediante este encuentro, para que sin miedos, sino con alegría, sintamos la presencia amorosa de Dios”.


1.- ORACION INICIAL:
Oración por la Misión Diocesana de Predicación Kerygmática

2.- DIOS NOS HABLA
La construcción vertical de la familia, con el padre a la cabeza, explica el uso del término (padre) para indicar autoridad. Según ese modelo, Dios es padre porque todo viene de él y a él se le debe respeto y obediencia, como lo indica la expresión: “Señor, Tú eres nuestro Padre; nosotros somos arcilla y Tú quien da la forma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).

En el pueblo judío, fue apareciendo la idea de Padre, entrelazada con la de benevolencia y amor: “No olvides que te he amado con amor eterno” (Jer 31,3). Israel reconoció la paternidad divina a partir del asombro ante la creación y ante la renovación de la vida.
El milagro de un niño que se forma en el seno materno no se explica sin la intervención de Dios, como recuerda el salmista: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno» (Sal 139,13). Pero, más allá de esta representación sugerida por la experiencia humana, en Israel madura una imagen más específica de la paternidad divina a partir de las intervenciones salvíficas de Dios. Al salvarlo de la esclavitud de Egipto Dios llama a Israel a entrar en una relación de alianza con él e incluso a considerarse su primogénito. De este modo, Dios demuestra que es su padre de manera singular, como lo atestiguan las palabras que dirige a Moisés: «Y dirás al faraón: Así dice el Señor: “Israel es mi hijo, mi primogénito”» (Ex 4, 22).

La paternidad divina se caracteriza por un amor intenso, constante y compasivo. A pesar de la infidelidad del pueblo, y las consiguientes amenazas de castigo, Dios se muestra incapaz de renunciar a su amor. Y lo expresa con palabras llenas de profunda ternura, incluso cuando se ve obligado a quejarse de la falta de correspondencia de sus hijos: «Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas de bondad los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer (...) ¿Cómo voy a dejarte, Efraím?, ¿cómo entregarte, Israel? (…) Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas» (Os 11,3-8; Cfr. Jer 31,20).

Una paternidad tan divina, y al mismo tiempo tan «humana» por los modos en que se expresa, resume en sí también las características que de ordinario se atribuyen al amor materno. Las imágenes del Antiguo Testamento en las que se compara a Dios con una madre, aunque sean escasas, son muy significativas. Por ejemplo, se lee en el libro de Isaías: «Dice Sión: “el Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado” ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque una de ellas llegara a olvidarse, yo no te olvido» (Is 49, 14-15). Y también: «Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré» (Is 66, 13). Así, la actitud divina hacia Israel se manifiesta también con rasgos maternales, que expresan su ternura y condescendencia. Pero la verdadera revelación de la paternidad de Dios, sólo en Jesús se nos manifiesta.

La verdadera paternidad, para Cristo, no está tanto en la fuerza de Dios que defiende y protege a su pueblo; no está en su poder y su grandeza; no está sólo en el título de creador. La verdadera paternidad está en el amor que se comunica y se entrega, que busca la intimidad y el diálogo; que no entrega cosas, sino que entrega su Espíritu, se entrega El que nos ama. Dios es Padre porque ama, porque es amor. El cristiano se siente hijo porque es amado con el mismo amor en que Dios envuelve a su Hijo único. Los hijos tendrán que amar al Padre y deberán amarse entre sí, hasta lograr la verdadera fraternidad.
3.- NUESTRO ENTORNO: LA REALIDAD

Cada persona humana, cada uno de nosotros, precisamente por ser persona, tiene como “lo suyo” un origen irrepetible. Bajo este sentido, nuestra primera identidad es la filiación. Por ser personas, somos hijos de unos padres. Ser “hijo” y ser “padres” no es un nexo meramente biológico. La biología no tiene capacidad de dar todo su significado a las nociones de filiación y paternidad. El acto mediante el cual somos engendrados por nuestros padres es, un acto personal por excelencia.

¿Qué le ha ocurrido a nuestra sociedad contemporánea para que la paternidad no sea algo evidente, sino al contrario, sea como una figura rechazada u omitida? A nuestra sociedad le han ocurrido muchas cosas, pero todas vienen a enredarse en una misma raíz: la crisis de la genealogía por amor. Pero no sólo contamos con aspectos negativos en nuestro entorno. La mirada de fe del pueblo de Israel no sólo descubrió la acción infiel de ellos, sino la acción salvadora de Dios en los acontecimientos de su historia. Comprendió que sólo podía ser Señor de la historia quien fuera también Señor del universo. “Así dice el Señor, tu redentor, el que te formó en el seno materno: Yo soy el Señor que todo lo hice; yo solo desplegué el cielo y nadie me ayudó a extender la tierra” (Is 44,24).

Israel supo cantar la bondad de Dios y su gloria en la belleza y la bondad de la creación: “Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! Vestido de majestad y de esplendor, envuelto en un manto de luz” (Sal 104,1). Y el poema se desarrolla como una descripción de las maravillas del mundo, en el que todas las cosas tienen su propósito y función. Y este mismo ser humano, que contempla la enormidad y belleza del mundo, toma conciencia de su pequeñez y exclama: “Al contemplar el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que cuides de él?” (Sal 8, 4-5). Así el mundo comenzó a hablarle de Dios al hombre, que había conocido la acción de Dios en su vida y en su historia, y los humanos reconocieron que la tierra y el entorno en donde vivían no sólo son buenos y hermosos, sino que además se le ofrecen gratuitamente: están allí para él.

4.- FORTALEZCAMOS NUESTRA IGLESIA

Nuestra Diócesis, tiene una sentida y profunda experiencia de Dios. En diversas actitudes individuales, familiares, sociales y religiosas, el pueblo vive y manifiesta su creencia, confianza y amor a Dios. Ante todo, sabemos que Dios nos ama con amor gratuito, que escucha nuestros gritos y lamentos, que perdona nuestros pecados, que camina a nuestro lado, que nos salva y fortalece. En su corazón divino entramos todos, con nuestros sufrimientos, necesidades y dolencias. Pero sabemos también que, ocupan un lugar de preferencia y conmueven su corazón los pobres, los excluidos, los que no cuentan, los que son marginados por este sistema inhumano por el que actualmente se desliza nuestra historia.

Reconocemos agradecidos que este Dios cercano camina con nosotros, es solidario con nuestros sufrimientos y dificultades y es fiel a sus promesas de vida. El se deja encontrar y se revela en nuestra historia, ha sido el amparo de nuestras vidas. Es El quien hoy alimenta nuestra esperanza de poder construir un México mejor, más humano, más fraterno y más justo. Todos buscamos a Dios de diferentes maneras, pero son los humildes quienes lo descubren como Padre de los pobres y su mirada materna resplandece sobre quienes lo buscan con sincero corazón. Este Dios a quien amamos, al que oramos constantemente como punto de referencia fundamental en nuestra vida, que nos busca y perdona antes que nosotros se lo pidamos, es un Dios de vivos y no de muertos. Así lo experimentamos nosotros, como el Dios de la vida, que es nuestro Padre y cada día nos bendice con sus dones. Crecemos invocando al Padre; somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
En nuestras casas hay signos e imágenes que nos recuerdan a Dios. Las tradiciones y las fiestas nos recuerdan a Dios: la Navidad y la Semana Santa, las fiestas comunitarias nos remiten a Dios a lo largo del ciclo anual. En todos estos acontecimientos celebramos la presencia de Dios con múltiples signos y detalles: con flores, incienso, alfombras, procesiones, cantos, símbolos, gestos, que indican nuestro respeto, el que nos enseñaron nuestros mayores, la alabanza y la adoración al Dios de la vida, Padre tierno y rico en misericordia (Cfr. Lc 6,36; Ef 2,4). Es tarea de todos, fortalecer y purificar todos estos signos para un acercamiento más profundo y vivencial con el Padre.

5.- DESAFÍOS

Muchas veces, descubrimos a Dios en el secreto del corazón y en la plegaria silenciosa, hecha de rodillas en el campo, en los templos, en nuestras propias casas, o contemplando la naturaleza como don de Dios. Nuestros sufrimientos nos acercan a Dios, a quien no pocas veces le preguntamos: ¿Por qué estas desgracias? A Él nos dirigimos con lágrimas en los ojos o con la alegría reflejada en el rostro agradecido, y con el corazón lleno de fe. Estos hechos nos muestran que nuestra historia, de cada día, cuando se vive en la verdad de Dios, es historia de salvación. Cada cual sabe cómo aprendió a gustar y expresar su oración filial a Dios. Lamentablemente, todavía cuando nos referimos a Dios, no lo sentimos como Alguien que nos da seguridad, como un Padre cuyo abrazo nos libera del miedo y nos indica el camino. Muchos de nosotros quizá, sigamos sintiendo su presencia amenazante y a veces hasta destructiva.

También, nos desafía que un gran sector en nuestra diócesis, aún no perciba a Dios como alguien que nos asegura la vida con un amor sin condiciones porque tiene entrañas de madre, y por lo mismo, es refugio y ternura. No han tenido muchos, esa experiencia de un Dios Padre, lleno de misericordia y rico en bondad, que nos cuida y nos consuela con la ternura propia de una madre (Cfr. Is 66,13).

Reconocemos que es grande la responsabilidad y el compromiso de las familias, de los padres cristianos. De su modo de vivir y orar los hijos aprenden a mirar y escuchar al Padre, que está en los cielos, que está en la tierra, que nos ofrece la vida como una madre. Para muchos, Dios es tan evidente como el aire que respiramos. Sin embargo, también encontramos a personas que se resisten gravemente contra Dios, y que incluso llegan a decir “no hay Dios” (Sal 14,1; 53, 2). El poder, las ambiciones, las riquezas, la degeneración moral nos ocultan el verdadero rostro de Dios. Hoy, como antiguamente, sucumbimos a la tentación de querer ser como Dios (Cfr. Gn 3,4). Tenemos la tentación de apropiarnos de Dios, de hacer de la religión un instrumento al servicio de nuestros propósitos y nuestros intereses.
Las más grandes injusticias que generan la pobreza y la discriminación en nuestra sociedad son propiciadas por personas que dicen creer en Dios. Otros, sin ser ateos, se preguntan: “Si existe Dios, ¿por qué existe el mal? ¿Por qué el mal arremete con furia sobre el inocente y el justo?”. Y entonces, “¿En dónde queda su bondad?” Estas y otras, no son sólo preguntas. Son también gritos de angustia. La duda nos humilla y la muerte nos atemoriza. Ciertamente fuera de Jesús la respuesta se hace difícil. En Él reconocemos que las adversidades que sufrimos se deben más a nuestra limitación, que a una voluntad expresa de Dios, y que el daño que a veces causamos al prójimo se debe a nuestra injusticia, y no al designio de Dios. También dificulta mucho la experiencia del encuentro con Dios dador de vida, el constante escándalo de la incoherencia de los que decimos creyentes. Si somos tantos los cristianos que nos consideramos hijos e hijas de Dios, y, por tanto, hermanos de todos, ¿Por qué persisten entre nosotros tantas violencias y odios? ¿Por qué no desterramos la corrupción y el fraude? ¿Por qué no termina la injusticia? ¿Podemos rehuir, siendo creyentes, de estas preguntas, que no son sólo el grito de los más pobres, sino el mismo reclamo de Dios?

6.- DINÁMICA

1.- ¿Por qué estás aquí? Estás aquí porque el Señor te ha llamado. Él, que te ama más que nadie, te ha traído aquí hoy, para mostrarte su amor, para regalarte su luz, para darte su paz.

2.- El Señor te invita a descansar en Él. No importa ahora los problemas que tengas, las preocupaciones que te agobien, las dudas que te asalten... Sólo importa el amor que Dios te tiene. Sólo importa la historia de amor que Dios quiere vivir contigo. Por eso, ¡No te preocupes tanto! ¡Descansa en el amor de Dios! ¡ÉI lleva tu vida! Él sabe lo que necesitas en cada momento. Y Él te dará lo que realmente necesitas.

La Iglesia de Durango, nos ha convocado a esta MISIÓN DE PREDICACION KERIGMATICA, éste es un tiempo de gracia del Señor. El Señor nos llama a vivir este tiempo de gracia como un don, como un regalo. En este primer tema, contemplamos cómo conocemos a Dios Padre como Él se nos ha revelado y cómo Dios nos ha creado por Amor y cuida cada día de nosotros. Hemos querido entrar en el corazón de Dios.

Bajo este tema que hemos reflexionado, el Señor nos invita vivir como hijos suyos y a comunicarnos con Él por medio de la oración. Es un hecho que rezamos poco o rezamos cuando estamos apurados. En muchos cristianos se nota la falta de la vida de oración. Para muchos cristianos la oración es el verdadero punto débil de su fe. Para muchos lo problemático no es que haya que orar, sino cómo orar. Por ello es bueno que revisemos en profundidad nuestra vida de oración.

3.- ¿Cómo nos sentimos ante esta reflexión? ¿Nos abrimos ante la confianza y esperanza?
4.- En nuestra vida, ¿nos dejamos llevar por el pesimismo, tristeza y miedo? Si nos dejamos impresionar por lo negativo, ¿no indicará que aún no tenemos suficiente confianza en el Padre? ¿Qué podemos hacer para que la mayoría de los católicos vivamos esa hermosa realidad de tener a un Dios que nos ama?

7.- ORACIÓN FINAL:

“Que en este año MISIONERO nadie se excluya del abrazo del Padre celestial, del encuentro con Cristo y del amor del Espíritu Santo, y así se robustezca la fe, se acreciente la esperanza y se haga más activa la caridad”. Así sea.

8.- CANTOS

Dios es Amor la Biblia lo dice…
Dios es amor, es amor Aleluya…
Mi Todo…
Con las manos Juntas….