sábado, 17 de octubre de 2009


Historia del DOMUND


Su origen


Cuando el Cardenal-arzobispo de Milán, Aquiles Ratti, es elegido Pontífice en 1922, bajo el nombre de Pío XI, viene ya aureolado con la fama de gran favorecedor del apostolado misionero. Ha instituido en su vasta Diócesis un activo secretariado diocesano de Misiones, que ha extendido por toda ella la Obra de la Propagación de la Fe. Hasta ha fijado en favor de esta Obra una gran jornada anual, que debe celebrarse el día de la Epifanía en todas las Parroquias y Centros religiosos diocesanos.

A las pocas semanas de su entronización como Papa, elige en la persona de Mons. Roche, al primer Obispo indígena, que inaugurará la serie de Prelados autóctonos de rito latino en el siglo XX. Pocos días después promulga como Pontificia a la obra de la Propagación de la Fe, junto con la Obra de la Santa Infancia y del Clero Indígena; y las declara instrumento principal y oficial de la cooperación misionera de toda la Iglesia católica.

En 1925. abre en el Vaticano, en pabellones levantados sobre el patio célebre del Belvedere, una espléndida Exposición Misionera, aprovechando la afluencia de peregrinos al nuevo año santo, con el fin de promover las vocaciones misioneras, suscitar el interés de los fieles por los problemas de las Misiones y excitar su generosidad espiritual y material.

En febrero de 1926, publica la célebre encíclica Rerum Ecclesiae, en la que reafirma la importancia y urgencia de los objetivos misioneros programados al principio de su Pontificado y manifiesta su resolución inquebrantable de acortar las etapas para su realización. "La Iglesia -afirma en esta encíclica- no tiene otra razón de ser sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, dilatando por todo el mundo el reino de Cristo". Antes de terminar ese año, consagrará el mismo Papa a los seis primeros Obispos indígenas de China. Y es, precisamente en este año de tan notables acontecimientos, cuando va a tener lugar otro hecho significativo: La institución de la jornada misionera de octubre. Las OMP desde su promulgación como Pontificias en 1922, se habían ido desarrollando, bajo el impulso de sus consejos generales y de sus direcciones nacionales y diocesanas, en diversas naciones, especialmente en las de antigua cristiandad. Pero no podía esperarse de estas Obras, aunque contaran con numerosos y valiosos colaboradores, que influyesen de manera decisiva en el Pueblo de Dios.

Así, en este clima tan favorable a la causa misionera de la Iglesia, surge en el seno del Consejo General de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe (algunos creen que por determinación del mismo Pontífice) la iniciativa de celebrar una Jornada Mundial de propaganda, que constituya un serio aldabonazo en la conciencia de todo el Pueblo de Dios, para recordarle su responsabilidad misionera de dimensión universal.

Se proponen cinco grandes objetivos

1-Oración ferviente al Señor para acelerar su reinado en el mundo.

2-Hacer comprender a todos los fieles el formidable problema misionero.

3-Estimular el fervor misionero de los sacerdotes y de los fieles.

4-Dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe.

5-Solicitar la ayuda económica en favor de las Misiones.




En concreto, el Consejo Superior General suplica entre otras cosas:

"-Que se fije el domingo penúltimo de octubre como jornada de oración y propaganda misionera en todo el mundo católico".

-"Que se celebre en esa jornada la misa "por la evangelización de los pueblos" "

-"Que la predicación, en ese día, sea de carácter misionero, con especial referencia a la Obra de la Propagación de la Fe ".


Un breve rescripto de la Sagrada Congregación de Ritos, firmada por el Prefecto Cardenal Vicco, con fecha 14 de abril de 1926, será el acta fundacional de este Domingo Mundial de Misiones o "Domund", como lo llaman los pueblos hispánicos. Al comienzo de tal rescripto, figura esta lapidaria frase: "Nuestro Santísimo Señor, el Papa Pío XI, acogiendo benigno los votos y preces elevados, se ha dignado oír y aprobar dichas peticiones". El que este documento lleve la impronta de la Sagrada Congregación de Ritos señala el carácter principalmente espiritual de esta jornada misionera mundial.

El "Domund" está ya en marcha.

Significación de esta jornada en el quehacer misionero de la Iglesia.
Esta Jornada Mundial ha supuesto para el apostolado misionero un impulso formidable, difícil de superar por otros medios, tanto por su extensión como por su profundidad. Pablo VI la ha calificado, en diversas ocasiones: -"como un acontecimiento de gran relieve en la vida de la Iglesia"; -"genial intuición de Pío XI"; -"ocasión de hacer sentir su vocación misionera a la Iglesia, a nuestros hermanos en el episcopado, al clero, a los religiosos y religiosas y a todos los católicos"; -"poderosa e insustituible ayuda para las Misiones"; -" acrecentamiento de la fe tanto en las Iglesias de antigua cristiandad, como en las jóvenes Iglesias".

Catequesis eficaz de la doctrina misionera conciliar. En el mensaje que en 1972 dirigió Pablo VI al Cardenal Renard, arzobispo de Lyon, con motivo del Congreso Internacional de las OMP, refiriéndose al "Domund", escribía: " Estas ornadas seriamente preparadas permiten a los cristianos una mirada nueva sobre las Misiones... Examinar la evangelización local y evangelización lejana en una misma pastoral misionera, cuya única fuente es Cristo". Es incalculable el bien inmenso que han ocasionado los mensajes de los Pontífices que han sucedido a Pío XI, con motivo de la celebración de esta jornada. Con razón pudo llamar a este día el Prefecto de Propaganda Fide, Cardenal Van Rossum, el Gran día de la Catolicidad.

Desde que Pablo VI inauguró su Pontificado en 1963, hasta el presente, no ha habido año en que el Vicario de Cristo no haya enviado su particular mensaje para esta jornada misionera mundial.

En cada uno de estos mensajes se presenta, en primer lugar, un tema importante sobre la actividad misionera de la Iglesia. Todos estos temas, diferentes cada año, podían muy bien formar un práctico y actualísimo Manual de Misionología,. del que mucho podrían aprender cuantos están comprometidos en la promoción de la animación misionera. En segundo lugar, se recuerda a los fieles, bajo diversos aspectos, la naturaleza de las Obras Misionales Pontificias y la necesidad y urgencia en promoverlas. Son ellas el instrumento principal del que disponen el Papa y los Obispos para la cooperación misionera del Pueblo de Dios, en su doble dimensión espiritual y material. El actual Pontífice, Juan Pablo 11, ha seguido los mismos derroteros de su predecesor, haciendo de sus mensajes y discursos sobre el Domund, una profunda catequesis doctrinal sobre las responsabilidades misioneras de todos los hijos de la Iglesia y presentando a las OMP como el programa mínimo de una eficaz cooperación misional.

Coordenadas de esta jornada misionera. Existe, según la fisolofía tradicional, una ley de causalidad, que conviene recordar al preparar esta jornada: "Los mismos elementos que han contribuido a dar la vida a un ser, a un organismo vivo, a una institución, son llamados también a colaborar en su desarrollo y perfeccionamiento".

Ahora bien, el "Domund" nació bajo el signo de estos caracteres distintivos: -claro universalismo misionero; -concientización del deber misionero; -colaboración intensa espiritual; -ayuda generosa material; -vinculación íntima a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. Ante la costumbre, tan frecuente hoy, de criticar las organizaciones eclesiales, sobre todo de origen preconciliar, hemos de responder que puede admitirse este desvío o rechazo en cuanto a aquellas instituciones u organismos que han mostrado su fracaso o su debilidad al paso del tiempo; pero no para aquellos que han visto afirmarse y potenciarse al ritmo de los años.

Si los caracteres antes expuestos han sido válidos hasta ahora, ¿por qué suprimirlos o cambiarlos? En un proverbio oriental, con dejos de delicada poesía, se dice: "Los que beben de la corriente de un gran río, deben acordarse de la fuente>,

Examinemos estos caracteres más atentamente.

-Claro universalismo misionero.

Según Pablo VI, la difusión, entre el Pueblo de Dios, de la doctrina sobre el universalismo misionero, es la primera y más importante finalidad que se asignó a esta jornada desde su inicio... "Este mismo universalismo misionero ha constituido también el motivo fundamental de todas nuestras exhortaciones.... con ocasión de este Domingo Mundial Misionero de Octubre" (Mensaje Domund 1976). Los que están comprometidos en la promoción de esta jornada deben conocer las razones de estas prioridades del universalismo misionero y saber defenderlas en todos sus aspectos doctrinales, espirituales y materiales, con respuestas breves, claras, sencillas, comprensibles y convincentes.

Una objeción muy extendida, de apariencia lógica, funesta por sus resultados y resumen de todas las dificultades que se oponen a la penetración del ideal misionero, es ésta: "Las Misiones las tenemos aquí. ¿Para qué trabajar por las Misiones lejanas?"

Uno de los más célebres y eficaces propagandistas del Domund, el Obispo Fulton Sheen, director que fue en Estados Unidos de la Obra de la Propagación de la Fe, solía argumentar así contra los que calificaban de aberración el ayudar a las Misiones lejanas, cuando dentro de la nación o Diócesis, había tantas necesidades por remediar:

"La Diócesis, la Parroquia o el individuo que prefiere gastar todas sus energías en casa, antes de emplearlas en las Misiones lejanas, es semejante al que, temiendo un empobrecimiento del corazón por el fluir de la sangre hasta las extremidades del organismo, levanta barreras para detener la sangre en el corazón. Este tal, bien pronto advertirá que las manos y los pies quedan paralizados y que también el corazón se debilita. Del mismo modo, el Cuerpo Místico de Cristo tiene necesidad de que se haga correr la sangre hasta las partes más lejanas del organismo, para que vuelva más enriquecida al corazón. La parte derecha e izquierda del corazón no tienen comunicación directa entre sí. Solamente pueden comunicarse enviando la sangre a través de todo el cuerpo. De esta manera habrá unión y comunión entre todos los cristianos. Sólo cuando haya unión con todos los miembros del Cuerpo Místico, a través del mundo entero, podrá verificarse la plena renovación de la Iglesia".

- Concientización del deber misionero.

Debemos aprovechar el " Domund " para formar la conciencia de los grupos cristianos a los que estamos vinculados. Quien estudie con detenimiento los textos conciliares, echará pronto de ver el avance positivo que ha supuesto el Concilio en este aspecto, en comparación con lo que antes se pensaba y practicaba entre no pocos cristianos, que se decían amigos de las Misiones. El Padre Arrupe, general que fue de la Compañía de Jesús, en una acertada intervención en el Aula conciliar, señaló concretamente los antiguos defectos: "Cierto infantilismo, derivado también de las informaciones misioneras que iban destinadas más bien a los niños que a los adultos. Sentimentalismo, fijándose preferentemente en los problemas del dolor y la miseria, descuidando otros más graves y urgentes. Complejo de superioridad contra el sentir cristiano, demostrando ignorancia de los valores religiosos y culturas de aquellos pueblos. Miopía, por agrandar los propios problemas de su país, Diócesis o Parroquia, y empequeñecer los de la Iglesia misionera, en el mundo no cristiano. Superficialidad en la valoración de las personas de los Misioneros y de sus métodos y resultado en su heroico apostolado ... " Conforme a la doctrina conciliar, el deber sagrado de la cooperación misionera hunde sus raíces en la misma vida Trinitaria; en la voluntad salvífica del Padre; en la virtud redentora del Hijo; en la naturaleza misionera de la Iglesia, vivificada y santificada por el Espíritu Santo. Cimientos inconmovibles son éstos, que recuerdan la parábola del divino Maestro sobre la "casa cimentada en la dura roca", no como la otra edificada sobre la arena.

- Aspectos sobrenaturales de la cooperación misionera. "Debe ser fundamentalmente sobrenatural, apoyada esencialmente en la gracia, en la liturgia, en la oración privada, sobre el valor expiatorio y satisfactorio del dolor unido al de Cristo" (cf. tema 26: La espiritualidad de las OMP).

- Propaganda moderna e inteligente.

Fijándonos más concretamente en la organización propagandística de esta jornada de octubre, en el deseo de realizarla de la mejor manera posible, no podemos dar de lado al progreso y perfección que hoy ha alcanzado la llamada tecnología de la propaganda; nueva ciencia que cuenta en algunos países con rango universitario. Bueno fuera que las direcciones nacionales o los centros diocesanos de OMP, sobre todo con ocasión de esta ' jornada misional, invitaran a personas que conociesen más a fondo estas técnicas propagandísticas, para asesorar a nuestros colaboradores y renovar un poco los antiguos métodos.

Al comenzar la preparación del " Domund ", debernos revisar el nivel alcanzado por nuestros métodos de propaganda: Instrumentos de que disponen los propagandistas, exposiciones, revistas, carteles, pegatinas, folletos, globos, octavillas, proyecciones, cine, vídeos... Comparémoslos con los que usan otras instituciones más a compás de los tiempos. Nunca creamos que nuestros actuales métodos son los mejores; porque siempre serán perfectibles, en función de una mayor eficacia pastoral, Una propaganda inteligente será siempre una propaganda más persuasiva.

Un pobre ciego se sienta en la escalinata de la Magdalena en París. Lleva colgado del cuello un cartel, con el acostumbrado letrero "Ciego de nacimiento". En aquel día de bella primavera, llegan ante el mendigo dos jóvenes. Uno de ellos, norteamericano, es graduado en propaganda. Ha venido a Francia en visita de inspección a la sucursal de la Compañía multinacional a la que pertenece. Se fija el profesional en las palabras del cartel y en su platillo vacío y dícele a su compañero: "Verás como se llena de monedas la bandeja, ahora vacía. Basta con cambiar las palabras del cartel", Y en vez de Ciego de nacimiento, escribe: Tú ves la primavera, yo no. Aquella sola mañana el ciego recogía más limosnas que en toda la semana anterior.

No queremos simplemente dinero. No debemos considerar la limosna del "Domund" como una ayuda puramente material. La limosna, aunque no cuenta hoy con muchos apologistas en la prensa de nuestros días, tiene a su favor la palabra revelada, que la colma de calurosos elogios. Y es que la limosna no se mide por la cuantía material, sino por el amor con que se entrega... ¿No es el amor el que transforma la limosna en la virtud teologal de la caridad? (cf - tema 23: La limosna misionera). Si recordáramos con frecuencia al pueblo creyente esta inefable verdad evangélica: "Todo cuanto hacéis a estos pequeñuelos, es a mí a quien lo hacéis"; si lográramos grabar en su mente y en su corazón la certidumbre de que por esta ley seremos principalmente juzgados después de nuestra muerte, convertiríamos la jornada misionera en una auténtica competencia de generosidad cristiana. ¿Por qué no lo intentamos.... comenzando por nosotros mismos?

- El "Domund" no es cosa de un día...

Es labor de todo un año. Hasta hace pocos años no era infrecuente considerar ]a cooperación a las Misiones como cuestión de un solo día al año... Pasado el " Domund ", ya podían los propagandistas cruzarse de brazos en el quehacer misionero, hasta la celebración de la siguiente jornada anual. Así como la celebración del día del amor fraterno en el jueves santo no supone amar al prójimo necesitado en ese sólo día, sino que obliga a hacerlo durante todos los días del año; también el deber misionero nos fuerza a cumplirlo durante las 365 jornadas del calendario. Hay un importante documento posconciliar, el Motu Proprio Ecclesiae Sanctae, que aplica a la práctica pastoral los principios y normas del Concilio Vaticano 11. Dice así, refiriéndose al Domund:

"Para aumentar el espíritu misionero en el pueblo cristiano, foméntense las oraciones y los sacrificios diarios, de suerte que el día anual de las Misiones venga a convertirse en símbolo espontáneo de este espíritu."

Así lo practicaron los asociados a la Obra de la Propagación de la Fe durante el pasado siglo. Así, ahora también, comienzan a practicarlo en algunas Diócesis de Estados Unidos ... Y no solamente orando todos los días por la Iglesia misionera, sino con entrega diaria de pequeñas cantidades de dinero, como fruto de sacrificios continuos.

Estas pequeñas limosnas diarias, con el tesoro de las oraciones y sacrificios, se acumularán en las ofrendas del "Domund", haciendo de esta jornada anual el exponente máximo de nuestro diario deber misionero. Para que un país, una Diócesis, una Parroquia o comunidad local pueda decirse misionera, no basta con que en ella se celebre, de la mejor manera posible, una vez al año, la jornada misional de octubre. Es menester que esa ' jornada se considere como integrada vitalmente en un plan anual de pastoral misionera.

- Todo el mes de octubre, "misionero".

Hoy, por desacralización de los días festivos, en los que comienzan a despoblarse las grandes ciudades en búsqueda de un descanso en el trabajo, o de un ambiente menos contaminado, van quedando los templos vacíos, con peligro de que los actos litúrgico-pastorales vayan declinando. La propaganda tradicional en esta jornada y las peticiones de ayuda espiritual y material para las Misiones están abocadas a un gran fracaso, si no se buscan soluciones adecuadas. Es ésta una poderosa razón por la que conviene extender la celebración de esta jornada misionera a una semana entera, y, mejor aún, como se practica en Italia, a las cuatro semanas del mes.

La primera semana se dedica a intensificar la oración misionera (celebraciones paralitúrgicas, horas santas, rosarios, etc.)
La segunda semana se promueve de manera especial el sacrificio y el dolor por las Misiones (labor callada de propaganda, penitencias voluntarias visitas a enfermos para invitarlos a ofrecer sus dolores por la causa misionera, etc.)
La tercera semana (que termina con la fecha del "Domund") se concreta en la caridad (propaganda activa, organización de la colecta por medio de sobres, de huchas, de mesas petitorias, etc.)
La cuarta semana se destina a promover la acción de gracias por la fe recibida y como digna respuesta, la oración y la acción práctica por el fomento de nuevas vocaciones misioneras, salidas de la propia comunidad eclesial.
Vinculación con la Obra de la Propagación de la Fe.

La Obra de la Propagación de la Fe está vinculada a esta jornada anual por su origen, por su promoción y por la recogida y distribución de las ofrendas recibidas. Pablo VI ha recordado diversas veces en sus mensajes esta estrecha vinculación: "A la Obra de la Propagación de la Fe corresponde el honor de haber propuesto a nuestro gran predecesor Pío XI en 1926, la feliz iniciativa de establecer la jornada anual en favor de la actividad misionera de la Iglesia. Ella ha recibido también el oneroso cometido de promover y organizar, con el concurso de las otras Obras Misionales Pontificias, y bajo la dirección de los Obispos, esta jornada anual, y la de distribuir a las Misiones las ofrendas en ella donadas por la caridad del mundo católico".

(misión sin fronteras - Joaquín María Goiburu)

martes, 13 de octubre de 2009

VII CAMINATA JUVENIL MISIONERA

JOVEN DISCÍPULO
VIVE EN COMUNIÓN
CON LA CREACIÓN
El cuidado de la creación. Un llamado apremiante

En todo el mundo, y también en nuestro país, hay evidentes y numerosos signos de que la crisis ecológica se está agravando. Una de las grandes preocupaciones mundiales es el llamado efecto invernadero, causado por el aumento de dióxido de carbono y otros gases en la atmósfera. Esto reduce la irradiación del calor al espacio, quedando atrapado como en un invernadero y produciendo de manera creciente el recalentamiento de la Tierra. Este fenómeno ha empezado a generar fuertes cambios climáticos: sequías, tormentas, inundaciones. Otra gran preocupación es la creciente reducción de la capa de ozono, causada por la alta contaminación del aire, sobre todo por los clorofluorocarbonos, lo que significa una menor protección contra los rayos ultravioletas. Los múltiples efectos de esta menor protección son dañinos y presentan un riesgo serio para nuestra salud.

El primer relato de la creación (Gn 1,1-30), ¿qué nos quiere decir?

La Biblia empieza con estas palabras llenas de fuerza: “En el comienzo Dios creó el cielo y la Tierra” (Gn 1,1). Lo cual, en el lenguaje bíblico, quiere decir: todo tiene su origen en Dios. Es Dios quien da inicio a todo lo que existe. En las últimas décadas del siglo pasado, las ciencias naturales, gracias a sus instrumentos de alta tecnología, han adquirido un conocimiento más profundo y exacto de la génesis del cosmos.
Los datos científicos manifiestan que nuestro universo se generó y sigue generándose gracias a una enorme inteligencia. Muchos científicos han sido profundamente tocados por lo que descubrieron; les ha llevado a creer en la existencia de Dios. En su lenguaje metafórico, la Biblia nos comunica que todo lo creado es referido a Dios y que existe una diferencia fundamental y saludable entre Dios y el mundo, entre Dios y sus criaturas.

Nos invita a tomar conciencia de que la vida– tanto la nuestra como la vida presente en la creación entera– nos es dada como un don y no como algo que nos pertenece. Somos llamados y llamadas a vivir en solidaridad con todo lo creado.

Hombre y mujer, “jardineros” de la creación (Gn 2,15) Doc. Aparecida: 470. Como discípulos de Jesús, nos sentimos invitados a dar gracias por el don de la creación, reflejo de la sabiduría y belleza del Logos creador. En el designio maravilloso de Dios, el hombre y la mujer están llamados a vivir en comunión con Él, en comunión entre ellos y con toda la creación.


El segundo relato de la creación pertenece al documento Yahvista. Es el más antiguo de ambos y está menos elaborado que el primero. En este relato se expresa el vínculo de la persona humana con la tierra al afirmar que el ser humano (adam) es formado de la tierra (adamah) –Gn 2,7-. En un lenguaje metafórico, el texto nos comunica una verdad profunda sobre nosotros mismos: que formamos parte de esta gran trama de la vida que es la naturaleza.

Y el texto usa otra metáfora muy bonita al describir la vocación del ser humano como la de “cultivar y cuidar el jardín de Edén” (Gn 2,15). Somos llamados y llamadas a relacionarnos con la creación y a tratarla a ejemplo de un jardinero. Un verdadero jardinero o jardinera establece una relación de cariño con su jardín, lo aprecia y lo cuida. Tiene un ojo para el conjunto de la vida, procura hacer todo a su alcance para que la vida en sus diferentes formas florezca, y toma precauciones frente a posibles daños. La imagen del jardín floreciente es una de las imágenes más usadas actualmente en la ética ecológica para reflexionar sobre la ubicación del ser humano en la gran red de la vida que es la naturaleza, y su responsabilidad por mantener la biodiversidad en la Tierra.

Encontrar las huellas de Dios en todas sus criaturas

A través de diferentes textos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, la Biblia nos invita a percibir cómo toda la creación es sostenida por Dios y es una expresión de su gran sabiduría. Un ejemplo de ello es el salmo 104,24: “¡Cuán numerosas tus obras, oh Señor! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas está llena la tierra”. Nos motiva a contemplar la creación con un sentido profundo de admiración por las múltiples formas de vida presentes en ella.

La biodiversidad en nuestro planeta es muy grande y una manifestación del despliegue tan rico de la vida. Una mirada atenta y contemplativa hacia la creación nos permite percibir como “Dios actúa en todas las criaturas como aquel que les da su existencia, su fuerza y su actividad”. Eso nos lleva a una comprensión sacramental de la naturaleza. “Desde la perspectiva bíblica podemos percibir la creación entera como un símbolo y una parábola de Dios. En las criaturas podemos experimentar su presencia. Todas las criaturas son signos que apuntan hacia Dios, signos limitados que apuntan al Dios ilimitado y sin fin. Muchos místicos y místicas como, por ejemplo, san Francisco de Asís, san Juan de la Cruz, y otros, han sabido vivir con esa sensibilidad hacia el misterio de la vida que bulle en la naturaleza y, por ende, la naturaleza como lugar de encuentro con Dios. Ellos han tenido oídos finos para escuchar como la naturaleza nos “habla” de Dios. En su actitud de respeto profundo y reverencia hacia la creación, nos pueden enseñar mucho hoy día. Necesitamos recuperar esa actitud y esa relación con la naturaleza, tan distinta de una relación violenta, marcada por el utilitarismo y la explotación sin frenos de los recursos de la Tierra.

La unión entre el “amor a Dios” y el “amor a sus criaturas”

En el cristianismo estamos muy acostumbrados a recalcar la unión entre el amor a Dios y el amor al prójimo. Frente a la grave crisis ecológica actual urge que tomemos conciencia de lo siguiente: “No sólo existe una unión entre el amor a Dios y el amor al prójimo, sino también entre el amor a Dios y el amor a su creación o, dicho con mayor precisión, existe una unión entre el amor a Dios y el amor a sus criaturas, hasta las más pequeñas y humildes”. Hoy podríamos ampliar la frase de 1 Jn 4,20: “El que dice que ama a Dios y maltrata su creación –expresión de su amor creativo, tierno y solícito-, es un mentiroso”.

El maltrato de la creación, expresión del pecado

La Biblia identifica el pecado con la ruptura de relaciones de comunión y solidaridad, no sólo entre Dios y las personas y entre las personas mismas, sino también entre las personas y las demás criaturas. Un ejemplo de ello es el relato del diluvio en Gn 6-9. En un lenguaje metafórico, este relato narra como sucesivamente la tierra es transformada de espacio de vida a espacio de muerte por los efectos del pecado. También en Oseas 4,3 se establece un vínculo estrecho entre la falta de conocimiento de Dios, la deficiente solidaridad, la inestabilidad política, las prácticas deshonestas y como consecuencia , los desastres ecológicos. “Por eso, la tierra está de duelo, desfallecen todos sus habitantes; los animales del campo, las aves del cielo y hasta los peces del mar desaparecen”.


Dios presente en el sufrimiento de sus criaturas

Aquí conviene recordar que la persona humana no es el único objeto del interés y del amor solícito de Dios. Dios ciertamente no es indiferente al hecho de que, por nuestra avaricia y nuestras ansías de poder y dominio, estamos dañando seriamente su creación, causando cada año la extinción definitiva de toda una serie de plantas y animales. Sólo durante las últimas dos décadas, en la Amazonía brasileña, la mayor reserva mundial de bosque húmedo, se han talado 426,361 kilómetros cuadrados! de bosque. Estos bosques albergan una enorme biodiversidad. Su talado indiscriminado es una amenaza para la supervivencia de muchas especies, de manera directa por el cambio de su hábitat e indirecta por los cambios climáticos .

Doc. Aparecida: 475. Crear conciencia en las Américas sobre la importancia de la Amazonia para toda la humanidad.


Conversión necesaria: aprender a vivir en solidaridad con todas las criaturas

En su mensaje del 1 de enero de 1990 sobre la ecología, el papa Juan Pablo II identifica la crisis ecológica como un problema moral que tiene como raíz la falta de respeto por la vida. Una salida de esta crisis requiere una profunda conversión en nuestra forma de pensar en nuestras actitudes y en nuestra práctica. Exige de nosotros un cambio en la manera de percibirnos a nosotros mismos y nuestro lugar en la creación, es decir, la superación de nuestro antropocentrismo.

El antropocentrismo es expresión de una actitud arrogante frente a las otras criaturas. Eso nos prohíbe el seguir imponiéndonos a costa de otras criaturas y nos exige respetar los dos principios ecológicos fundamentales: la interdependencia y la sostenibilidad ecológica.. El principio de interdependencia nos recuerda que lo que hacemos o dejamos de hacer afecta a las otras criaturas, pues todos los miembros de una comunidad ecológica, que es la gran comunidad de vida en nuestra tierra, están conectados en un tejido gigantesco y complejo de relaciones, la trama de la vida.


Doc. Aparecida: 471: Las generaciones que nos sucedan tienen derecho a recibir un mundo habitable y no un planeta con aire contaminado.

La reflexión del tema ecológico, unido a nuestra actitud cristiana nos impulsa a asumir el cuidado de la creación y la promoción de la justicia ecológica como una responsabilidad personal y comunitaria. Eso implica la disponibilidad a revisar continuamente nuestro estilo de vida, si es ecológicamente sostenible o no lo es, y a seguir educándonos en la responsabilidad ecológica.,

TRABAJO EN GRUPO:
1– ¿El uso de los recursos de la tierra y el trato que damos al medio ambiente son ecológicamente sostenibles?
2– Que significa para mi: respetar la naturaleza, pensando que ¿esta es seguridad para el futuro?
3– La “ basura “ es hoy día un gran problema. ¿Se el lugar correcto para depositarla?


INFORMACIONES: Dia 25 de octubre –Domingo

1- Punto de llegada: IGLESIA LA PASTORA– 7 am - Bus por la Baralt/ Puerta Caracas
2- Ropa deportiva.
3- Agua y merienda ( para todo el día).
4- Paragua o Impermeable.
4- Pasaje desde la pastora hasta el inicio de la caminata (8,00, ese valor puede variar, no depende de los responsables de la caminata)
5– signo de la caminata: Franela
Contacto: P. Claudio 0414 3725252- Hna Ines 0416 708 6826 — José Luís 0416 9364097

CRITERIOS:
1– Ir desayunados
2- Portar un signo de su grupo (franela, pancarta o estandarte)
3- Ayudar a mantener el ambiente de peregrinación, camino con Jesucristo ( participación con cantos, gestos litúrgicos).
4- Evitar el consumismo a lo largo de la caminata, no parar en las bodegas.
5- Por grupo llevar instrumento musical ligero.
6-Llevar signos de las caminatas anteriores.
7- No separar-se de SU GRUPO, uso discreto de celulares.
8-Preparar 2 copias de lista de los grupos con C.I. y responsable con el celular.


¡Mucho ánimo y espíritu Misionero.!



MISIONANDO.....ANDO....:)



http://www.misiones.catholic.net/
http://docs.google.com/gview?a=v&q=cache:vwg40uWXGtUJ:www.combonianos.com/comboni/combonianos/comunidades/moncada/radio_luz/radio_luz_10_13.pdf+MISIONANDO+POR+EL+MUNDO&hl=es&gl=ve&sig=AFQjCNGn6LWCjbYtIlARRaM9R7jiAmyKLg

12 DE OCTUBRE DE 1492



Evangelización de América

La Evangelización en América fue la acción misionera realizada bajo la dirección de los monarcas españoles en la América hispana, por concesión papal a través de diferentes bulas.

A partir de la llegada de las primeras noticias del descubrimiento de lo que sería dado en llamar Nuevo Mundo a cargo de Cristóbal Colón, los Reyes Católicos y sus sucesores comenzaron a recibir numerosas concesiones, relacionadas con el derecho de ocupación de las nuevas tierras y el dominio sobre sus habitantes, como una donación papal. El Papa, que tenía la potestad de entregar los territorios recién descubiertos a los príncipes cristianos, en función de este principio repartió el continente americano entre España y Portugal. Por lo tanto, desde 1493 y por medio de bulas como las Inter Caetera, Dudum Siquidem, Eximiae Devotionis, Universalis Eclesiae, Romanus Pontifex, Omnimoda, o Sublimis Deus, papas como Alejandro VI, Julio II o Adriano VI, al tiempo que les concedieron las tierras les encomendaron su evangelización.

Para poder llevar a cabo esta labor, la Corona adquirió el derecho a intervenir en numerosas competencias, que hasta ese momento eran exclusiva de la Iglesia católica: cobro de diezmos, capacidad para organizar la Iglesia de América y el envío de misioneros, presentación de candidatos a todos los cargos eclesiásticos y decisión sobre la construcción de catedrales e iglesias. Todas estas atribuciones se definieron con la constitución del Patronato Real y el Vicariato Regio, que convertían a la Corona española en protectora de la Iglesia y en ocasiones incluso en su supervisora, ya que se llegó a establecer la obligatoriedad de que el monarca diera el visto bueno a los documentos que el Vaticano destinaba a América. En 1568, se celebró en Madrid la Junta Magna, una especie de congreso misional, en el que se trataron numerosos temas relacionados con esta actividad.

El instrumento más activo de la evangelización fue la entrega total de las órdenes mendicantes, a las que más tarde se unieron los jesuitas. Las primeras órdenes en llegar a América fueron las de los franciscanos, que se instalaron en la isla de La Española ya en 1500, y los mercedarios; en tanto que los primeros dominicos (Orden de Predicadores) lo hicieron a partir de 1510. Los franciscanos fueron también los primeros en llegar al continente (Tierra Firme), en 1524, distribuyéndose rápidamente por el virreinato de Nueva España y pasando a los territorios que constituirían el virreinato del Perú a partir de 1541. En 1533, se incorporaron los agustinos y en 1572 los jesuitas. Su actividad se iniciaba con la misma conquista militar y continuaba posteriormente dirigiéndose a toda la población indígena para su cristianización.

Los misioneros se vieron en la necesidad de aprender muchas lenguas indígenas para poder transmitir su mensaje a una población numerosa y perteneciente a múltiples culturas, que se encontraba dispersa en un continente extraordinariamente extenso. La fundación de pueblos de indios y de reducciones, en los que se concentró a la mayor parte de la población indígena, facilitó la labor de adoctrinamiento y la administración de los sacramentos a grandes masas de conversos, aunque siempre estuvo presente la pervivencia de la idolatría, con importantes rebrotes a lo largo de los tres siglos de la vida colonial en múltiples poblaciones; para evitarla se destruyeron numerosos objetos de culto y símbolos relacionados con las religiones autóctonas, pero en muchos casos pervivieron numerosos ritos indígenas a través de manifestaciones externas cristianas.

Otra fórmula empleada para la cristianización de los indios fue la conocida como doctrina; se trataba del compromiso adquirido por el conquistador para que fueran evangelizados (adoctrinados) todos los indígenas que le habían correspondido en sus repartimientos; los niños debían recibir las enseñanzas religiosas todos los días y los adultos tres días a la semana. El convento fue el centro neurálgico de la evangelización y en torno a él se configuraron numerosas poblaciones. En él atendían los religiosos a las necesidades espirituales de los nuevos cristianos al mismo tiempo que a las materiales, ya que junto a las dependencias de culto y habitación de los frailes, disponían de enfermerías, escuelas y talleres. Los mismos misioneros desempeñaron un importante papel en la aculturación del indígena, al poner un especial empeño en su incorporación a las actividades artesanales de tradición europea, como parte destacada de su educación. La escuela de San José de los Naturales, creada por los franciscanos en México, o las organizadas por el obispo Vasco de Quiroga en Pátzcuaro (Michoacán) son una constante referencia para comprender diferentes proyectos de vida para el indígena a partir de su incorporación al cristianismo. En ellos están presentes muchas de las ideas procedentes de los movimientos utópicos de la edad media y del renacimiento, que encontraron en América un terreno propicio para su puesta en práctica.

A los misioneros también les correspondió actuar como defensores de los indígenas frente al abuso de los encomenderos y los funcionarios, a los que recordaron continuamente que éstos eran sus iguales ante Dios. En 1511, el fraile dominico Antonio de Montesinos abrió la puerta a cientos de denuncias contra los malos tratos dados a los indios, al hacerlos públicos por medio de un sermón, cuya resonancia llegó hasta España. Para una parte importante del clero la evangelización era la única justificación de la presencia española en América y era deber de los monarcas españoles dedicar todo su esfuerzo a cristianizarlos. La discusión sobre este tema trascendental tuvo en fray Bartolomé de Las Casas, Juan Ginés de Sepúlveda y Francisco de Vitoria a sus figuras más destacadas; ellos desarrollaron a través de sus escritos un conjunto de doctrinas en las que se apoyaba la legitimación de la conquista desde diferentes perspectivas.



Descubrimiento de América

El "Descubrimiento de América" o "Encuentro de dos Mundos" (como dio por llamarse a este suceso con motivo del quinto centenario de la hazaña lograda por el navegante genovés Cristóbal Colón al mando de las tres carabelas la Niña, la Pinta y la Santa María), es y ha sido uno de los acontecimientos más importantes de los últimos siglos porque cambió el rumbo de la historia.

A continuación, una breve reseña de los principales acontecimientos que antecedieron y sucedieron a este importante evento:

A fines del siglo XV, el mundo se hallaba circunscripto a solo tres continentes: Europa, Asia y África.

El estado de adelanto en que se hallaba la ciencia geográfica, la náutica, la cartografía, las construcciones navales y los descubrimientos marítimos en el último tercio del siglo XV, coincidió en España con la conquista de Granada, último reducto de la dominación árabe, y la consecución definitiva de la unidad territorial y política, realizada por los Reyes Católicos. Luego de ocho siglos de lucha, la Reconquista remataba su triunfo con la expulsión del último rey Moro. Creadas las condiciones de un Estado vigoroso y consolidada la Reconquista material y espiritual, pudo romperse el cerco en que Portugal había querido encerrar a Castilla, y España se lanzó a las grandes empresas marítimas de la ruta del Occidente. El supremo artífice de estos últimos acontecimientos fue el aún hoy misterioso personaje llamado Cristóbal Colón. Navegante experimentado, en uno de sus viajes, luego de un percance, llega de insólita manera a Portugal. Concibió ahí su proyecto de navegar hacia el occidente. Propuso al Rey de Portugal, Juan II que se lo patrocinara, pero los altos dignatarios de la corte de Lisboa juzgaron y rechazaron su idea por falta de interés.

Luego de casi un año y medio de espera, en 1491, vuelve a tocar las puertas de La Rábida, y el Fray Juan Pérez, envió una carta a la reina Isabel donde proponía que se prestase atención a Colón en sus propuestas.

Con la aceptación de los Reyes, el 17 de abril de 1492 se firmaron en el campamento de Granada las históricas Capitulaciones de Santa Fe, en donde se concedía a Colón, el Almirantazgo de la Mar, el virreinato y gobierno de las tierras que se descubrieran, la justicia en los pleitos que se suscitasen, la quinta parte de las mercancías y la décima de los metales que se extrajeran. Además se le reconocía como socio de la Corona y se le autorizaba a pagar los gastos de la expedición con la octava parte.

Colón se dispuso rápidamente a preparar el viaje de las tres naves que se le habían concedido. La ayuda de los hermanos Pinzón fue decisiva. Como el Almirante, asociado de la Corona carecía de fondos, Martín Alonso Pinzón, vecino de Palos, se los facilitó. A Martín Alonso le acompañaron sus dos hermanos: Vicente Yáñez, que honró su apellido como explorador más adelante, y Francisco Martín. Iban también con ellos Diego Martín Pinzón, el Viejo, con sus hijos Bartolomé Martín y Arias Martín. El prestigio de estos nombres hizo que se enrolasen numerosos marineros. En la expedición de los 6 Pinzones, figura también el cántabro Juan de la Cosa, uno de los descubridores más famosos, y el primero de los cartógrados de América, propietario y maestre de la Santa María.


De las tres embarcaciones, sólo la Santa María fue contratada. Las dos carabelas Pinta y Niña iban por embargo. La Santa María era nao y no carabela; La Niña, aunque del mismo tipo, tenía la vela redonda; la Pinta sólo conservó su aparejo latino hasta Canarias. Allí se cerró el ciclo histórico de la carabela, aunque subsistió el nombre para hacerse inmortal.

El 3 de agosto de 1492, partió la primera expedición con rumbo a las Islas Canarias, desde el puerto de Palos de Moguer. Navegaron en alta mar y se interpusieron a las tempestades y percances que pudieran dar luz en el camino.

En la noche del 11 al 12 de Octubre, Colón y el marinero Pedro Gutiérrez divisaron una luz; en la madrugada siguiente, desde la Pinta, otro marinero: Juan Rodríguez de Triana, conocido luego como Rodrigo de Triana lanzó el ansiado grito de ¡Tierra!, primer anuncio del portentoso hecho: América había sido descubierta.

Colón creyó arribar la India, porque nunca pensó que existía un continente interpuesto entre Europa y Asia. Luego de los descubrimientos, Colón regresó a España para volver con más preparación para explorar, denominar y poblar las tierras. Lo que se conoce como colonización.

El Día de la Raza se denomina al 12 de Octubre en conmemoración al descubrimiento de América. Significó una nueva era en la antigua, un gran paso para la humanidad y el nacimiento de una nueva raza, la mestiza, que fue la fusión de españoles e indios.

Recordamos siempre esta aventura lanzada por el enigmático Colón, de quien hasta hoy día, se tienen dudas de su origen, pero se tiene guardada históricamente su hazaña: la de completar la faz de la tierra y mostrar al mundo, lo que antes faltábale descubrir.





domingo, 11 de octubre de 2009

EL EVANGELIO DEL DÍA DOMINGO

Evangelio según San Marcos 10,17-30.

Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.
Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre".
El hombre le respondió: "Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud".
Jesús lo miró con amor y le dijo: "Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme".
El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: "¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!".
Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: "Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios!.
Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios".
Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?".
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: "Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible".
Pedro le dijo: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido".
Jesús respondió: "Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia,
desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.



Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.




viernes, 9 de octubre de 2009

martes, 6 de octubre de 2009

domingo, 4 de octubre de 2009

SAN FRANCISCO DE ASÍS


"Ninguna otra cosa hemos de hacer sino ser solícitos en seguir la voluntad de Dios y en agradarle en todas las cosas." San Francisco de Asís
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Vida de San Francisco

Nació en Asís (Italia), en el año 1182. Después de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Fundó una Orden de frailes y su primera seguidora mujer, Santa Clara que funda las Clarisas, inspirada por El.

Un santo para todos

Ciertamente no existe ningún santo que sea tan popular como él, tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación de sus contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y la obediencia con la pureza y fuerza de un testimonio radical.

Llegó a ser conocido como el Pobre de Asís por su matrimonio con la pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, un alma que se nutría de las verdades de la fe católica y que se había entregado enteramente, no sólo a Cristo, sino a Cristo crucificado.

Nacimiento y vida familiar de un caballero

Francisco nació en Asís, ciudad de Umbría, en el año 1182. Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante. El nombre de su madre era Pica y algunos autores afirman que pertenecía a una noble familia de la Provenza. Tanto el padre como la madre de Francisco eran personas acomodadas.
Pedro Bernardone comerciaba especialmente en Francia. Como se hallase en dicho país cuando nació su hijo, la gente le apodó "Francesco" (el francés), por más que en el bautismo recibió el nombre de Juan.

En su juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le interesaban mucho, sino el divertirse en cosas vanas que comúnmente se les llama "gozar de la vida". Sin embargo, no era de costumbres licenciosas y era muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios.

Hallazgo de un tesoro

Cuando Francisco tenía unos 20, estalló la discordia entre las ciudades de Perugia y Asís, y en la guerra, el joven cayó prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco la soportó alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad, en la que el joven probó una vez más su paciencia, fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir en el ejército de Galterío y Briena, en el sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche vio en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas, sobre las cuales se hallaba grabado el signo de la cruz y le pareció oír una voz que le decía que esas armas le pertenecían a él y a sus soldados.

Francisco partió a Apulia con el alma ligera y la seguridad de triunfar, pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto, ciudad del camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al amo y no al siervo". El joven obedeció. Al principio volvió a su antigua vida, aunque tomándola menos a la ligera. La gente, al verle ensimismado, le decían que estaba enamorado. "Sí", replicaba Francisco, "voy a casarme con una joven más bella y más noble que todas las que conocéis". Poco a poco, con mucha oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio.

Aunque ignoraba lo que tenía que hacer para ello, una serie de claras inspiraciones sobrenaturales le hizo comprender que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Paseándose en cierta ocasión a caballo por la llanura de Asís, encontró a un leproso. Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna. Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el paso al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa natural a los leprosos, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió su vida. Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad de entrega, un "sí" que distingue a los santos de los mediocres.

San Buenaventura nos dice que después de este evento, Francisco frecuentaba lugares apartados donde se lamentaba y lloraba por sus pecados. Desahogando su alma fue escuchado por el Señor. Un día, mientras oraba, se le apareció Jesús crucificado. La memoria de la pasión del Señor se grabó en su corazón de tal forma, que cada vez que pensaba en ello, no podía contener sus lágrimas y sollozos.

"Francisco, repara mi Iglesia, pues ya ves que está en ruinas"

A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los enfermos en los hospitales. Algunas veces regalaba a los pobres sus vestidos, otras, el dinero que llevaba. Les servía devotamente, porque el profeta Isaías nos dice que Cristo crucificado fue despreciado y tratado como un leproso. De este modo desarrollaba su espíritu de pobreza, su profundo sentido de humildad y su gran compasión. En cierta ocasión, mientras oraba en la iglesia de San Damián en las afueras de Asís, le pareció que el crucifijo le repetía tres veces: "Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas".

El santo, viendo que la iglesia se hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor quería que la reparase; así pues, partió inmediatamente, tomó una buena cantidad de vestidos de la tienda de su padre y los vendió junto con su caballo. Enseguida llevó el dinero al pobre sacerdote que se encargaba de la iglesia de San Damián, y le pidió permiso de quedarse a vivir con él. El buen sacerdote consintió en que Francisco se quedase con él, pero se negó a aceptar el dinero. El joven lo depositó en el alféizar de la ventana. Pedro Bernardone, al enterarse de lo que había hecho su hijo, se dirigió indignado a San Damián. Pero Francisco había tenido buen cuidado de ocultarse.

Renuncia a la herencia de su padre

Al cabo de algunos días pasados en oración y ayuno, Francisco volvió a entrar en la población, pero estaba tan desfigurado y mal vestido, que la gente se burlaba de él como si fuese un loco. Pedro Bernardone, muy desconcertado por la conducta de su hijo, le condujo a su casa, le golpeó furiosamente (Francisco tenía entonces 25 años), le puso grillos en los pies y le encerró en una habitación.

La madre de Francisco se encargó de ponerle en libertad cuando su marido se hallaba ausente y el joven retornó a San Damián. Su padre fue de nuevo a buscarle ahí, le golpeó en la cabeza y le conminó a volver inmediatamente a su casa o a renunciar a su herencia y pagarle el precio de los vestidos que le había tomado. Francisco no tuvo dificultad alguna en renunciar a la herencia, pero dijo a su padre que el dinero de los vestidos pertenecía a Dios y a los pobres.


Su padre le obligó a comparecer ante el obispo Guido de Asís, quien exhortó al joven a devolver el dinero y a tener confianza en Dios: "Dios no desea que su Iglesia goce de bienes injustamente adquiridos". Francisco obedeció a la letra la orden del obispo y añadió: "Los vestidos que llevo puestos pertenecen también a mi padre, de suerte que tengo que devolvérselos". Acto seguido se desnudó y entregó sus vestidos a su padre, diciéndole alegremente: "Hasta ahora tú has sido mi padre en la tierra. Pero en adelante podré decir: “Padre nuestro, que estás en los cielos”.' Pedro Bernardone abandonó el palacio episcopal "temblando de indignación y profundamente lastimado".

El Obispo regaló a Francisco un viejo vestido de labrador, que pertenecía a uno de sus siervos. Francisco recibió la primera limosna de su vida con gran agradecimiento, trazó la señal de la cruz sobre el vestido con un trozo de tiza y se lo puso.

Llamado a la renuncia y a la negación

Enseguida, partió en busca de un sitio conveniente para establecerse. Iba cantando alegremente las alabanzas divinas por el camino real, cuando se topó con unos bandoleros que le preguntaron quién era. El respondió: "Soy el heraldo del Gran Rey". Los bandoleros le golpearon y le arrojaron en un foso cubierto de nieve. Francisco prosiguió su camino cantando las divinas alabanzas. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como si fuese un mendigo. Cuando llegó a Gubbio, una persona que le conocía le llevó a su casa y le regaló una túnica, un cinturón y unas sandalias de peregrino. Francisco los usó dos años, al cabo de los cuales volvió a San Damián.

Para reparar la iglesia, fue a pedir limosna en Asís, donde todos le habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las burlas y el desprecio de más de un mal intencionado. El mismo se encargó de transportar las piedras que hacían falta para reparar la iglesia y ayudó en el trabajo a los albañiles. Una vez terminadas las reparaciones en la iglesia de San Damián, Francisco emprendió un trabajo semejante en la antigua iglesia de San Pedro. Después, se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, que pertenecía a la abadía benedictina de Monte Subasio. Probablemente el nombre de la capillita aludía al hecho de que estaba construida en una reducida parcela de tierra.

La Porciúncula se hallaba en una llanura, a unos cuatro kilómetros de Asís y, en aquella época, estaba abandonada y casi en ruinas. La tranquilidad del sitio agradó a Francisco tanto como el título de Nuestra Señora de los Ángeles, en cuyo honor había sido erigida la capilla.

Francisco la reparó y fijó en ella su residencia. Ahí le mostró finalmente el cielo lo que esperaba de él, el día de la fiesta de San Matías del año 1209.

En aquella época, el evangelio de la misa de la fiesta decía: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado... Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente... No poseáis oro ... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ...He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos..." (Mat.10 , 7-19). Estas palabras penetraron hasta lo más profundo en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el hábito que dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de lana burda de los pastores y campesinos de la región. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia con tal energía, que sus palabras hendían los corazones de sus oyentes. Cuando se topaba con alguien en el camino, le saludaba con estas palabras: "La paz del Señor sea contigo".

Dones extraordinarios

Dios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros. Cuando pedía limosna para reparar la iglesia de San Damián, acostumbraba decir: "Ayudadme a terminar esta iglesia. Un día habrá ahí un convento de religiosas en cuyo buen nombre se glorificarán el Señor y la universal Iglesia". La profecía se verificó cinco años más tarde en Santa Clara y sus religiosas. Un habitante de Espoleto sufría de un cáncer que le había desfigurado horriblemente el rostro. En cierta ocasión, al cruzarse con San Francisco, el hombre intentó arrojarse a sus pies, pero el santo se lo impidió y le besó en el rostro. El enfermo quedó instantáneamente curado. San Buenaventura comentaba a este propósito: "No sé si hay que admirar más el beso o el milagro".

Nueva orden religiosa y visita al Papa

Francisco tuvo pronto numerosos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. El primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís. Al principio Bernardo veía con curiosidad la evolución de Francisco y con frecuencia le invitaba a su casa, donde le tenía siempre preparado un lecho próximo al suyo. Bernardo se fingía dormido para observar cómo el siervo de Dios se levantaba calladamente y pasaba largo tiempo en oración, repitiendo estas palabras: "Deus meus et omnia" (Mi Dios y mi todo). Al fin, comprendió que Francisco era "verdaderamente un hombre de Dios" y enseguida le suplicó que le admitiese corno discípulo.

Desde entonces, juntos asistían a misa y estudiaban la Sagrada Escritura para conocer la voluntad de Dios. Como las indicaciones de la Biblia concordaban con sus propósitos, Bernardo vendió cuanto tenía y repartió el producto entre los pobres.
Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís, pidió también a Francisco que le admitiese como discípulo y el santo les "concedió el hábito" a los dos juntos, el 16 de abril de 1209. El tercer compañero de San Francisco fue el hermano Gil, famoso por su gran sencillez y sabiduría espiritual.

En 1210, cuando el grupo contaba ya con 12 miembros, Francisco redactó una regla breve e informal que consistía principalmente en los consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con ella se fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba.

En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un Cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el Evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula. Inocencio III se mostró adverso al principio. Por otra parte, muchos cardenales opinaban que las órdenes religiosas ya existentes necesitaban de reforma, no de multiplicación y que la nueva manera de concebir la pobreza era impracticable.

El cardenal Juan Colonna alegó en favor de Francisco que su regla expresaba los mismos consejos con que el Evangelio exhortaba a la perfección. Más tarde, el Papa relató a su sobrino, quien a su vez lo comunicó a San Buenaventura, que había visto en sueños una palmera que crecía rápidamente y después, había visto a Francisco sosteniendo con su cuerpo la basílica de Letrán que estaba a punto de derrumbarse. Cinco años después, el mismo Pontífice tendría un sueño semejante a propósito de Santo Domingo. Inocencio III mandó, pues, llamar a Francisco y aprobó verbalmente su regla; enseguida le impuso la tonsura, así como a sus compañeros y les dio por misión predicar la penitencia.

La Porciúncula

San Francisco y sus compañeros se trasladaron provisionalmente a una cabaña de Rivo Torto, en las afueras de Asís, de donde salían a predicar por toda la región. Poco después, tuvieron dificultades con un campesino que reclamaba la cabaña para emplearla como establo de su asno. Francisco respondió: "Dios no nos ha llamado a preparar establos para los asnos", y acto seguido abandonó el lugar y partió a ver al abad de Monte Subasio. En 1212, el abad regaló a Francisco la capilla de la Porciúncula, a condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. El santo se negó a aceptar la propiedad de la capillita y sólo la admitió prestada. En prueba de que la Porciúncula continuaba como propiedad de los benedictinos, Francisco les enviaba cada año, a manera de recompensa por el préstamo, una cesta de pescados cogidos en el riachuelo vecino.

Por su parte, los benedictinos correspondían enviándole un tonel de aceite. Tal costumbre existe todavía entre los franciscanos de Santa María de los Ángeles y los benedictinos de San Pedro de Asís.

Alrededor de la Porciúncula, los frailes construyeron varias cabañas primitivas, porque San Francisco no permitía que la orden en general y los conventos en particular, poseyesen bienes temporales. Había hecho de la pobreza el fundamento de su orden y su amor a la pobreza se manifestaba en su manera de vestirse, en los utensilios que empleaba y en cada uno de sus actos. Acostumbraba llamar a su cuerpo "el hermano asno", porque lo consideraba como hecho para transportar carga, para recibir golpes y para comer poco y mal. Cuando veía ocioso a algún fraile, le llamaba "hermano mosca", porque en vez de cooperar con los demás echaba a perder el trabajo de los otros y les resultaba molesto.

Poco antes de morir, considerando que el hombre está obligado a tratar con caridad a su cuerpo, Francisco pidió perdón al suyo por haberlo tratado tal vez con demasiado rigor. El santo se había opuesto siempre a las austeridades indiscretas y exageradas. En cierta ocasión, viendo que un fraile había perdido el sueño a causa del excesivo ayuno, Francisco le llevó alimento y comió con él para que se sintiese menos mortificado.

Somete la carne a las espinas; Dios le otorga sabiduría

Al principio de su conversión, viéndose atacado por violentas tentaciones de impureza, solía revolcarse desnudo sobre la nieve. Cierta vez en que la tentación fue todavía más violenta que de ordinario, el santo se disciplinó furiosamente; como ello no bastase para alejarla, acabó por revolcarse sobre las zarzas y los abrojos.

Su humildad no consistía simplemente en un desprecio sentimental de sí mismo, sino en la convicción de que "ante los ojos de Dios el hombre vale por lo que es y no más". Considerándose indigno del sacerdocio, Francisco sólo llegó a recibir el diaconado. Detestaba de todo corazón las singularidades. Así cuando le contaron que uno de los frailes era tan amante del silencio que sólo se confesaba por señas, respondió disgustado: "Eso no procede del espíritu de Dios sino del demonio; es una tentación y no un acto de virtud." Dios iluminaba la inteligencia de su siervo con una luz de sabiduría que no se encuentra en los libros. Cuando cierto fraile le pidió permiso para estudiar, Francisco le contestó que si repetía con devoción el "Gloria Patri", llegaría a ser sabio a los ojos de Dios y él mismo era el mejor ejemplo de la sabiduría adquirida en esa forma.

Sobre la pobreza de espíritu, Francisco decía: "Hay muchos que tienen por costumbre multiplicar plegarias y prácticas devotas, afligiendo sus cuerpos con numerosos ayunos y abstinencias; pero con una sola palabrita que les suena injuriosa a su persona o por cualquier cosa que se les quita, enseguida se ofenden e irritan. Estos no son pobres de espíritu, porque el que es verdaderamente pobre de espíritu, se aborrece a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla".

La Naturaleza

Sus contemporáneos hablan con frecuencia del cariño de Francisco por los animales y del poder que tenía sobre ellos. Por ejemplo, es famosa la reprensión que dirigió a las golondrinas cuando iba a predicar en Alviano: "Hermanas golondrinas: ahora me toca hablar a mí; vosotras ya habéis parloteado bastante". Famosas también son las anécdotas de los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejillo que no quería separarse de él en el Lago Trasimeno y del lobo de Gubbio amansado por el santo. Algunos autores consideran tales anécdotas como simples alegorías, en tanto que otros les atribuyen valor histórico.

Aventura de amor con Dios

Los primeros años de la orden en Santa María de los Ángeles fueron un período de entrenamiento en la pobreza y la caridad fraternas. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajo suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta; pero el fundador les había prohibido que aceptasen dinero. Estaban siempre prontos a servir a todo el mundo, particularmente a los leprosos y menesterosos.

San Francisco insistía en que llamasen a los leprosos "mis hermanos cristianos" y los enfermos no dejaban de apreciar esta profunda delicadeza. Les decía a los frailes: ¨Todos los hermanos procuren ejercitarse en buenas obras, porque está escrito: 'Haz siempre algo bueno para que el diablo te encuentre ocupado'. Y también, 'La ociosidad es enemiga del alma'. Por eso los siervos de Dios deben dedicarse continuamente a la oración o a alguna buena actividad.¨

El número de los compañeros del santo continuaba en aumento, entre ellos se contaba el famoso "juglar de Dios", fray Junípero; a causa de la sencillez del hermanito Francisco solía repetir: "Quisiera tener todo un bosque de tales juníperos". En cierta ocasión en que el pueblo de Roma se había reunido para recibir a fray Junípero, sus compañeros le hallaron jugando apaciblemente con los niños fuera de las murallas de la ciudad. Santa Clara acostumbraba llamarle "el juguete de Dios".

Santa Clara

Clara había partido de Asís para seguir a Francisco, en la primavera de 1212, después de oírle predicar. El santo consiguió establecer a Clara y sus compañeras en San Damián, y la comunidad de religiosas llegó pronto a ser, para los franciscanos, lo que las monjas de Prouille habían de ser para los dominicos: una muralla de fuerza femenina, un vergel escondido de oración que hacía fecundo el trabajo de los frailes.

Evangeliza a los mahometanos

En el otoño de ese año, Francisco, no contento con todo lo que había sufrido y trabajado por las almas en Italia, resolvió ir a evangelizar a los mahometanos. Así pues, se embarcó en Ancona con un compañero rumbo a Siria; pero una tempestad hizo naufragar la nave en la costa de Dalmacia. Como los frailes no tenían dinero para proseguir el viaje, se vieron obligados a esconderse furtivamente en un navío para volver a Ancona. Después de predicar un año en el centro de Italia (el señor de Chiusi puso entonces a la disposición de los frailes un sitio de retiro en Monte Alvernia, en los Apeninos de Toscana), San Francisco decidió partir nuevamente a predicar a los mahometanos en Marruecos. Pero Dios tenía dispuesto que no llegase nunca a su destino: el santo cayó enfermo en España y, después, tuvo que retornar a Italia. Ahí se consagró apasionadamente a predicar el Evangelio a los cristianos.

La humildad y obediencia

San Francisco dio a su orden el nombre de "Frailes Menores" por humildad, pues quería que sus hermanos fuesen los siervos de todos y buscasen siempre los sitios más humildes. Con frecuencia exhortaba a sus compañeros al trabajo manual y, si bien les permitía pedir limosna, les tenía prohibido que aceptasen dinero. Pedir limosna no constituía para él una vergüenza, ya que era una manera de imitar la pobreza de Cristo.
Sobre la excelsa virtud de la humildad, decía: "Bienaventurado el siervo a quien lo encuentran en medio de sus inferiores con la misma humildad que si estuviera en medio de sus superiores. Bienaventurado el siervo que siempre permanece bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente el que, por cada culpa que comete, se apresura a expiarlas: interiormente, por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra". El santo no permitía que sus hermanos predicasen en una diócesis sin permiso expreso del Obispo. Entre otras cosas, dispuso que "si alguno de los frailes se apartaba de la fe católica en obras o palabras y no se corregía, debería ser expulsado de la hermandad". Todas las ciudades querían tener el privilegio de albergar a los nuevos frailes, y las comunidades se multiplicaron en Umbría, Toscana, Lombardia y Ancona.

Crece la orden

Se cuenta que en 1216, Francisco solicitó del Papa Honorio III la indulgencia de la Porciúncula o "perdón de Asís". El año siguiente, conoció en Roma a Santo Domingo, quien había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia en la época en que Francisco era "un gentilhombre de Asís". San Francisco tenía también la intención de ir a predicar en Francia. Pero, como el cardenal Ugolino (quien fue más tarde Papa con el nombre de Gregorio IX) le disuadiese de ello, envió en su lugar a los hermanos Pacífico y Agnelo. Este último había de introducir más tarde la Orden de los frailes menores en Inglaterra.
El sabio y bondadoso cardenal Ugolino ejerció una gran influencia en el desarrollo de la Orden. Los compañeros de San Francisco eran ya tan numerosos, que se imponía forzosamente cierta forma de organización sistemática y de disciplina común. Así pues, se procedió a dividir a la Orden en provincias, al frente de cada una de las cuales se puso a un ministro, "encargado del bien espiritual de los hermanos; si alguno de ellos llegaba a perderse por el mal ejemplo del ministro, éste tendría que responder de él ante Jesucristo". Los frailes habían cruzado ya los Alpes y tenían misiones en España, Alemania y Hungría.

El primer capítulo general se reunió, en la Porciúncula, en Pentecostés del año de 1217. En 1219, tuvo lugar el capítulo "de las esteras", así llamado por las cabañas que debieron construirse precipitadamente con esteras para albergar a los delegados. Se cuenta que se reunieron entonces cinco mil frailes. Nada tiene de extraño que en una comunidad tan numerosa, el espíritu del fundador se hubiese diluido un tanto. Los delegados encontraban que San Francisco se entregaba excesivamente a la aventura y exigían un espíritu más práctico. Es que así les parecía lo que en realidad era una gran confianza en Dios.


El santo se indignó profundamente y replicó: "Hermanos míos, el Señor me llamó por el camino de la sencillez y la humildad y por ese camino persiste en conducirme, no sólo a mí sino a todos los que estén dispuestos a seguirme... El Señor me dijo que deberíamos ser pobres y locos en este mundo y que ése y no otro sería el camino por el que nos llevaría. Quiera Dios confundir vuestra sabiduría y vuestra ciencia y haceros volver a vuestra primitiva vocación, aunque sea contra vuestra voluntad y aunque la encontréis tan defectuosa".

Francisco les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de recomendarles que cumplieran lo más exactamente posible todo lo que manda el Santo Evangelio.

El mayor privilegio: no gozar de privilegio alguno

Recorría campos y pueblos invitando a la gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre: 'El Amor no es amado". La gente le escuchaba con especial cariño y se admiraba de lo mucho que sus palabras influían en los corazones para entusiasmarlos por Cristo y su Verdad. Sus palabras eran reflejo de su vida en imitación a Jesús, decía:
"El que ama verdaderamente a su enemigo no se apena de las injurias que éste le provoca, sino que sufre por amor de Dios a causa del pecado que arrastra el alma que lo ofendió. Y le manifiesta su amor con obras".

A quienes le propusieron que pidiese al Papa permiso para que los frailes pudiesen predicar en todas partes sin autorización del obispo, Francisco repuso: "Cuando los obispos vean que vivís santamente y que no tenéis intenciones de atentar contra su autoridad, serán los primeros en rogaros que trabajéis por el bien de las almas que les han sido confiadas. Considerad como el mayor de los privilegios el no gozar de privilegio alguno..." Al terminar el capítulo, San Francisco envió a algunos frailes a la primera misión entre los infieles de Túnez y Marruecos, y se reservó para sí la misión entre los sarracenos de Egipto y Siria.
En 1215, durante el Concilio de Letrán, el Papa Inocencio III había predicado una nueva cruzada, pero tal cruzada se había reducido simplemente a reforzar el Reino Latino de oriente. Francisco quería blandir la espada de Dios.
San Francisco se fue a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya, los franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa.

Misionero ante el Sultán

En junio de 1219, se embarcó en Ancona con 12 frailes. La nave los condujo a Damieta, en la desembocadura del Nilo. Los cruzados habían puesto sitio a la ciudad, y Francisco sufrió mucho al ver el egoísmo y las costumbres disolutas de los soldados de la cruz. Consumido por el celo de la salvación de los sarracenos, decidió pasar al campo del enemigo, por más que los cruzados le dijeron que la cabeza de los cristianos estaba puesta a precio. Habiendo conseguido la autorización del delegado pontificio, Francisco y el hermano Iluminado se aproximaron al campo enemigo, gritando: "¡Sultán, Sultán!". Cuando los condujeron a la presencia de Malek-al-Kamil, Francisco declaró osadamente: "No son los hombres quienes me han enviado, sino Dios todopoderoso.

Vengo a mostrarles, a ti y a tu pueblo, el camino de la salvación; vengo a anunciarles las verdades del Evangelio". El Sultán quedó impresionado y rogó a Francisco que permaneciese con él. El santo replicó: "Si tú y tu pueblo estáis dispuestos a oír la palabra de Dios, con gusto me quedaré con vosotros. Y si todavía vaciláis entre Cristo y Mahoma, manda encender una hoguera; yo entraré en ella con vuestros sacerdotes y así veréis cuál es la verdadera fe". El Sultán contestó que probablemente ninguno de los sacerdotes querría meterse en la hoguera y que no podía someterlos a esa prueba para no soliviantar al pueblo.

Cuentan que el Sultán llegó a decir: "Si todos los cristianos fueran como él, entonces valdría la pena ser cristiano". Pero el Sultán, Malek-al-Kamil, mandó a Francisco que volviese al campo de los cristianos. Desalentado al ver el reducido éxito de su predicación entre los sarracenos y entre los cristianos, el Santo pasó a visitar los Santos Lugares. Ahí recibió una carta en la que sus hermanos le pedían urgentemente que retornase a Italia.

La crisis del acomodamiento lleva a clarificar la regla

Durante la ausencia de Francisco, sus dos vicarios, Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, habían introducido ciertas innovaciones que tendían a uniformar a los frailes menores con las otras órdenes religiosas y a encuadrar el espíritu franciscano en el rígido esquema de la observancia monástica y de las reglas ascéticas. Las religiosas de San Damián tenían ya una constitución propia, redactada por el cardenal Ugolino sobre la base de la regla de San Benito. Al llegar a Bolonia, Francisco tuvo la desagradable sorpresa de encontrar a sus hermanos hospedados en un espléndido convento. El Santo se negó a poner los pies en él y vivió con los frailes predicadores. Enseguida mandó llamar al guardián del convento franciscano, le reprendió severamente y le ordenó que los frailes abandonasen la casa.

Tales acontecimientos tenían a los ojos del Santo las proporciones de una verdadera traición: se trataba de una crisis de la que tendría que salir la Orden sublimada o destruida. San Francisco se trasladó a Roma donde consiguió que Honorio III nombrase al cardenal Ugolino protector y consejero de los franciscanos, ya que el purpurado había depositado una fe ciega en el fundador y poseía una gran experiencia en los asuntos de la Iglesia. Al mismo tiempo, Francisco se entregó ardientemente a la tarea de revisar la regla, para lo que convocó a un nuevo capítulo general que se reunió en la Porciúncula en 1221.
El Santo presentó a los delegados la regla revisada. Lo que se refería a la pobreza, la humildad y la libertad evangélica, características de la Orden, quedaba intacto. Ello constituía una especie de reto del fundador a los disidentes y legalistas que, por debajo del agua, tramaban una verdadera revolución del espíritu franciscano. El jefe de la oposición era el hermano Elías de Cortona. El fundador había renunciado a la dirección de la Orden, de suerte que su vicario, fray Elías, era prácticamente el ministro general. Sin embargo, no se atrevió a oponerse al fundador, a quien respetaba sinceramente. En realidad, la Orden era ya demasiado grande, como lo dijo el propio San Francisco: "Si hubiese menos frailes menores, el mundo los vería menos y desearía que fuesen más."

Al cabo de dos años, durante los cuales hubo de luchar contra la corriente cada vez más fuerte que tendía a desarrollar la orden en una dirección que él no había previsto y que le parecía comprometer el espíritu franciscano, el Santo emprendió una nueva revisión de la regla. Después la comunicó al hermano Elías para que éste la pasase a los ministros, pero el documento se extravió y el Santo hubo de dictar nuevamente la revisión al hermano León, en medio del clamor de los frailes que afirmaban que la prohibición de poseer bienes en común era impracticable.

La regla, tal como fue aprobada por Honorio III en 1223, representaba sustancialmente el espíritu y el modo de vida por el que había luchado San Francisco desde el momento en que se despojó de sus ricos vestidos ante el obispo de Asís.

La Tercera Orden
Unos dos años antes, San Francisco y el cardenal Ugolino habían redactado una regla para la cofradía de laicos que se habían asociado a los frailes menores y que correspondía a lo que actualmente llamamos Tercera Orden, fincada en el espíritu de la "Carta a todos los cristianos", que Francisco había escrito en los primeros años de su conversión. La cofradía, formada por laicos entregados a la penitencia, que llevaban una vida muy diferente de la que se acostumbraba entonces, llegó a ser una gran fuerza religiosa en la Edad Media. En el derecho canónico actual, los terciarios de las diversas órdenes gozan todavía de un estatuto específicamente diferente del de los miembros de las cofradías y congregaciones marianas.

La representación del Nacimiento de Jesús
San Francisco pasó la Navidad de 1223 en Grecehio, en el valle de Rieti. Con tal ocasión, había dicho a su amigo, Juan da Vellita: "Quisiera hacer una especie de representación viviente del nacimiento de Jesús en Belén, para presenciar, por decirlo así, con los ojos del cuerpo la humildad de la Encarnación y verle recostado en el pesebre entre el buey y el asno". En efecto, el Santo construyó entonces en la ermita una especie de cueva y los campesinos de los alrededores asistieron a la misa de medianoche, en la que Francisco actuó como diácono y predicó sobre el misterio de la Natividad.
Se le atribuye haber comenzado en aquella ocasión la tradición del "belén" o "nacimiento". Nos dice Tomás Celano en su biografía del Santo: "La Encarnación era un componente clave en la espiritualidad de Francisco. Quería celebrar la Encarnación en forma especial. Quería hacer algo que ayudase a la gente a recordar al Cristo Niño y cómo nació en Belén".

San Francisco permaneció varios meses en el retiro de Grecehio, consagrado a la oración, pero ocultó celosamente a los ojos de los hombres las gracias especialísimas que Dios le comunicó en la contemplación. El hermano León, que era su secretario y confesor, afirmó que le había visto varias veces durante la oración elevarse tan alto sobre el suelo, que apenas podía alcanzarle los pies y, en ciertas ocasiones, ni siquiera eso.

Los Estigmas
Alrededor de la fiesta de la Asunción de 1224, el Santo se retiró a Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. Llevó consigo al hermano León, pero prohibió que fuese alguien a visitarle hasta después de la fiesta de San Miguel. Ahí fue donde tuvo lugar, alrededor del día de la Santa Cruz de 1224, el milagro de los estigmas, del que hablamos el 17 de septiembre. Francisco trató de ocultar a los ojos de los hombres las señales de la Pasión del Señor que tenía impresas en el cuerpo; por ello, a partir de entonces llevaba siempre las manos dentro de las mangas del hábito y usaba medias y zapatos.

Sin embargo, deseando el consejo de sus hermanos, comunicó lo sucedido al hermano Iluminado y a algunos otros, pero añadió que le habían sido reveladas ciertas cosas que jamás descubriría a hombre alguno sobre la tierra.

En cierta ocasión en que se hallaba enfermo, alguien propuso que se le leyese un libro para distraerle. El Santo respondió: "Nada me consuela tanto como la contemplación de la vida y Pasión del Señor. Aunque hubiese de vivir hasta el fin del mundo, con ese solo libro me bastaría". Francisco se había enamorado de la santa pobreza, mientras contemplaba a Cristo crucificado y meditaba en la nueva crucifixión que sufría en la persona de los pobres.

El santo no despreciaba la ciencia, pero no la deseaba para sus discípulos. Los estudios sólo tenían razón de ser como medios para un fin y sólo podían aprovechar a los frailes menores, si no les impedían consagrar a la oración un tiempo todavía más largo y si les enseñaban más bien, a predicarse a sí mismos que a hablar a otros. Francisco aborrecía los estudios que alimentaban más la vanidad que la piedad, porque entibiaban la caridad y secaban el corazón. Sobre todo, temía que la señora Ciencia se convirtiese en rival de la dama Pobreza. Viendo con cuánta ansiedad acudían a las escuelas y buscaban los libros sus hermanos, Francisco exclamó en cierta ocasión: "Impulsados por el mal espíritu, mis pobres hermanos acabarán por abandonar el camino de la sencillez y de la pobreza".

En sus escritos, esto es lo que el Santo nos dejó dicho sobre la vigilancia del corazón: “Cuidémonos mucho de la malicia y astucia de Satanás, el cual quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y anda dando vueltas buscando adueñarse del corazón del hombre y, bajo la apariencia de alguna recompensa o ayuda, ahogar en su memoria la palabra y los preceptos del Señor, e intenta cegar el corazón del hombre mediante las actividades y preocupaciones mundanas, y fijar allí su morada”.

Antes de salir de Monte Alvernia, el Santo compuso el "Himno de alabanza al Altísimo". Poco después de la fiesta de San Miguel bajó finalmente al valle, marcado por los estigmas de la Pasión y curó a los enfermos que le salieron al paso.

La hermana Muerte
Las calientísimas arenas del desierto de Egipto afectaron la vista de Francisco hasta el punto de estar casi completamente ciego. Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes sufrimientos que parecía que la copa se había llenado y rebalsado. Fuertes dolores debido al deterioro de muchos de sus órganos (estómago, hígado y el bazo), consecuencias de la malaria contraida en Egipto. En los más terribles dolores, Francisco ofrecía a Dios todo como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación de las almas. Era durante su enfermedad y dolor donde sentía la mayor necesidad de cantar.

Su salud iba empeorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaban, y casi había perdido la vista. En el verano de 1225 estuvo tan enfermo, que el cardenal Ugolino y el hermano Elías le obligaron a ponerse en manos del médico del Papa en Rieti. El Santo obedeció con sencillez. De camino a Rieti fue a visitar a Santa Clara en el convento de San Damián. Ahí, en medio de los más agudos sufrimientos físicos, escribió el "Cántico del hermano Sol" y lo adaptó a una tonada popular para que sus hermanos pudiesen cantarlo.

Después se trasladó a Monte Rainerio, donde se sometió al tratamiento brutal que el médico le había prescrito, pero la mejoría que ello le produjo fue sólo momentánea. Sus hermanos le llevaron entonces a Siena a consultar a otros médicos, pero para entonces el Santo estaba moribundo. En el testamento que dictó para sus frailes, les recomendaba la caridad fraterna, los exhortaba a amar y observar la santa pobreza, y a amar y honrar a la Iglesia. Poco antes de su muerte, dictó un nuevo testamento para recomendar a sus hermanos que observasen fielmente la regla y trabajasen manualmente, no por el deseo de lucro, sino para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. "Si no nos pagan nuestro trabajo, acudamos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta".

Cuando Francisco volvió a Asís, el Obispo le hospedó en su propia casa. Francisco rogó a los médicos que le dijesen la verdad, y éstos confesaron que sólo le quedaban unas cuantas semanas de vida. "¡Bienvenida, hermana Muerte!", exclamó el Santo y acto seguido, pidió que le trasportasen a la Porciúncula. Por el camino, cuando la comitiva se hallaba en la cumbre de una colina, desde la que se dominaba el panorama de Asís, pidió a los que portaban la camilla que se detuviesen un momento y entonces volvió sus ojos ciegos en dirección a la ciudad e imploró las bendiciones de Dios para ella y sus habitantes.

Después mandó a los camilleros que se apresurasen a llevarle a la Porciúncula. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, Francisco envió a un mensajero a Roma para llamar a la noble dama Giacoma di Settesoli, que había sido su protectora, para rogarle que trajese consigo algunos cirios y un sayal para amortajarle, así como una porción de un pastel que le gustaba mucho.


Felizmente, la dama llegó a la Porciúncula antes de que el mensajero partiese. Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios que nos ha enviado a nuestra hermana Giacoma! La regla que prohibe la entrada a las mujeres no afecta a nuestra hermana Giacoma. Decidle que entre".

El Santo envió un último mensaje a Santa Clara y a sus religiosas, y pidió a sus hermanos que entonasen los versos del "Cántico del Sol" en los que alaba a la muerte. Enseguida rogó que le trajesen un pan y lo repartió entre los presentes en señal de paz y de amor fraternal diciendo: "Yo he hecho cuanto estaba de mi parte, que Cristo os enseñe a hacer lo que está de la vuestra”. Sus hermanos le tendieron por tierra y le cubrieron con un viejo hábito. Francisco exhortó a sus hermanos al amor de Dios, de la pobreza y del Evangelio, "por encima de todas las reglas", y bendijo a todos sus discípulos, tanto a los presentes como a los ausentes.

Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión del Señor según San Juan. Francisco había pedido que le sepultasen en el cementerio de los criminales de Colle d'lnferno. En vez de hacerlo así, sus hermanos llevaron al día siguiente el cadáver en solemne procesión a la iglesia de San Jorge, en Asís. Ahí estuvo depositado hasta dos años después de la canonización. En 1230, fue secretamente trasladado a la gran basílica construida por el hermano Elías.

El cadáver desapareció de la vista de los hombres durante seis siglos, hasta que en 1818, tras 52 días de búsqueda, fue descubierto bajo el altar mayor, a varios metros de profundidad. El Santo no tenía más que 44 o 45 años al morir. No podemos relatar aquí ni siquiera en resumen, la azarosa y brillante historia de la Orden que fundó. Digamos simplemente que sus tres ramas: la de los frailes menores, la de los frailes menores capuchinos y la de los frailes menores conventuales forman el instituto religioso más numeroso que existe actualmente en la Iglesia. Y, según la opinión del historiador David Knowles, al fundar ese instituto, San Francisco "contribuyó más que nadie a salvar a la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media".

¡San Francisco de Asís: pídele a Jesús que lo amemos tan intensamente como lo lograste amar tú!

La Porciúncula, en la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles

La Porciúncula es un pueblo y a la misma vez una iglesia localizada aproximadamente a tres-cuartos de milla de la ciudad de Asís en Italia. El pueblo ha progresado alrededor de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue precisamente en esta Basílica que San Francisco de Asís recibió su vocación en el año 1208. San Francisco vivió la mayor parte de su vida en este lugar. En el año 1211, San Francisco logró una estadía permanente en este pueblo cerca de Asís, gracias a la generosidad de los Benedictinos, los cuales le donaron la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles o la Porciúncula, considerada como “una pequeña parte” de esas tierras.

Un día mientras San Francisco estaba arrodillado en la capilla de San Damián, sintió que Cristo le habló desde el crucifijo y le dijo: “Reconstruye mi Iglesia que esta en ruinas.” El se tomó estas palabras literalmente y empezó a reconstruir varias Iglesias. No fue hasta un tiempo después que San Francisco comprendió que el mensaje principal de Cristo era que construyera y fortaleciera espiritualmente la Iglesia de Cristo. Así fue que el Santo comenzó a trabajar en la restauración de las iglesias de San Damián, San Pedro Della Spina y Santa Maria de los Ángeles o de la Porciúncula.

Al lado del humilde santuario de la Porciúncula, fue edificado el primer convento Franciscano, con la construcción de unas cuantas pequeñas chozas o celdas de paja y barro, cercadas con un seto. Este acuerdo fue el comienzo de la Orden Franciscana. La Porciúncula fue también el lugar donde San Francisco recibió los votos de Santa Clara. El 3 de Octubre de 1226, muere San Francisco, y en su lecho de muerte, le confía el cuidado y protección de la capilla a sus hermanos.

Un poco después del año 1290, la capilla, la cual media aproximadamente 22 pies por 13 ½ pies fue ampliamente engrandecida para poder acomodar a la cantidad de peregrinos que venían a visitarla. Más tarde, los edificios alrededor del santuario fueron destruidos por orden de Pio V (1566-72), excepto la celda en la cual murió San Francisco. Luego, estos fueron reemplazados por una gran Basílica, estilo contemporáneo. El nuevo edificio fue erigido sobre su celda y sobre la capilla de la Porciúncula. La Basílica ahora tiene tres naves y un circulo de capillas que se extienden a lo largo de la longitud de los costados.

La Basílica forma una cruz latina de 416 pies de largo por 210 pies de ancho. Un pedazo del altar de la capilla es de la Anunciación, la cual fue pintada por un sacerdote en el año 1393. Uno todavía puede visitar la celda donde murió San Francisco. Detrás de la sacristía se encuentra el sitio donde el santo, durante una tentación se dice, que se revolcó en un arbusto de brezo, el cual después se convirtió en un rosal sin espinas. Fue precisamente durante esa misma noche del 2 de Agosto, que el Santo recibió la “Indulgencia de la Porciúncula.” Hay una representación del recibimiento de esta indulgencia en la fachada de la capilla de la Porciúncula.

Se cuenta que una vez, en el año 1216, mientras Francisco estaba en la Porciúncula, en oración y en contemplación, se le apareció Cristo y le ofreció que le pidiera el favor que el quisiera. En el centro del corazón de San Francisco siempre estaba la salvación de las almas. El soñaba en que su amada Porciúncula fuese un santuario donde muchos se pudieran salvar, entonces le pidió al Señor que le concediera una indulgencia plenaria ( o sea, una completa remisión de todas las culpas), para que todos aquellos que vinieran a visitar la pequeña capilla, una vez que se hubieran arrepentido de sus pecados y confesado, pudieran obtenerla. Nuestro Señor accedió a su petición con la condición de que el Papa ratificará la indulgencia.

San Francisco se fue de inmediato hacia Perugia con uno de sus hermanos en busca del Papa Honorio III. Este, a pesar de alguna oposición de la Curia, ante este favor nunca antes escuchado dio su aprobación a la Indulgencia, limitándola a poder recibirla solamente una vez al año. Posteriormente, el Papa la confirmó y fijo la fecha del 2 de Agosto como el día para alcanzar esta indulgencia. En Italia, es comúnmente conocida como “el perdón de Asís” o la “indulgencia de la Porciúncula”. Este es el recuento tradicional de la historia.

Todos los fieles católicos pueden alcanzar la indulgencia plenaria el 2 de Agosto (o en otro día que haya sido declarado o asignado por el ordinario local para el beneficio de los fieles), bajo las debidas disposiciones (confesión sacramental, santa comunión, y rezar por las intenciones del Santo Padre). Estas condiciones pueden cumplirse unos días antes o después del día en que se gana la indulgencia. También tienen que visitar la iglesia devotamente y rezar el Padrenuestro y el Credo. La Indulgencia se aplica a la Catedral de la Diócesis, y a la co-catedral (si es que existe alguna), aunque no sean parroquiales, y también las iglesias quasi-parroquiales. Para alcanzar esta indulgencia, como cualquier indulgencia plenaria, los fieles tienen que estar libres de cualquier apego al pecado, aún al pecado venial. Donde se desea este apego, la indulgencia es parcial.

REFLEXIÓN